Empresa: Colaboración Humana

febrero 17, 2008 at 3:55 pm 1 comentario

Un intercambio voluntario involucra al menos a dos personas. Una ofrece un satisfactor de cierta naturaleza y otra encuentra valioso a ese bien, de tal manera que acuerdan hacer un intercambio. Uno da ese bien y el otro da otra cosa, que por lo común es dinero. En realidad eso es lo que acontece millones de veces cada hora en los mercados, desde la más pequeña de las tiendas de la esquina, hasta en las bolsas de valores.

El intercambio de satisfactores está basado en la valuación personal de cada satisfactor y en la disponibilidad de ellos; y además, desde luego, en la propiedad privada de los satisfactores, pues no es posible intercambiar lo que no es de uno.

Un satisfactor que haga una alta contribución a la satisfacción de la necesidad de una persona, de seguro provocará que ella esté dispuesta a elevar la cantidad a dar en intercambio y viceversa. Pero también influye la cantidad disponible de ese satisfactor, pues conforme crece la demanda de algún servicio o mercancía, éste aumentará de precio inevitablemente y si la demanda baja, sus precios tenderán a bajar. Es algo sencillo, los satisfactores abundantes tienen precios más bajos que los satisfactores más escasos, si sus demandas son iguales; y los satisfactores demandados tiene precios más altos que los satisfactores menos demandados, si sus ofertas son iguales. Esta es la manera en la que está construido nuestro mundo (Sadowsky, James, The Christian Response to Poverty, working with God’s economic laws, The Social Affair Unit, London, 1985) y es una consecuencia de nuestra iniciativa personal.

Dependiendo de la valuación personal que hagamos de un satisfactor variará aquello que estemos dispuestos a dar a cambio. Una escasa valuación dará como resultado una demanda baja y viceversa; no hay forma de evitar esto bajo el esquema del Equilibrio del Poder, pues cada persona es libre de intercambiar lo que ella considera pertinente según su propia decisión.

Sucede lo mismo del lado de la oferta, donde quien ofrece satisfactores tiene iniciativa para determinar sus niveles de oferta del satisfactor en cuestión. Tanto la valuación del que compra como la del que vende son individuales y por necesidad van a coordinarse dando como resultado un precio determinado variable en el tiempo. Sin poderes desequilibrados en el lado de la demanda y en el lado de la oferta, los intercambios se darán por mutuos acuerdos voluntarios.

La oferta es creada por la situación de competencia entre productores de satisfactores y la demanda es creada por la competencia entre necesidades personales. Esas dos competencias determinan el precio de los satisfactores.

Los productores compiten por ofrecer satisfactores fácilmente disponibles y accesibles, con lo que forman el bien común. Las necesidades, que conforman la felicidad personal de las personas, compiten entre sí por ser satisfechas y conforman la demanda de satisfactores. La oferta y la demanda determinan los precios de los satisfactores, o lo que es lo mismo, los precios son establecidos por el bien común y las felicidades personales.

Una reducción en la oferta de algún artículo de consumo diario, como azúcar, elevará su precio sin remedio. Lo mismo sucederá en casos menos obvios, como el de los servicios religiosos; si ellos llegaran a reducirse por cualquier causa, su precio se elevaría. Por ejemplo, el cierre de un templo cercano implicará la necesidad de un costo de desplazamiento mayor para quienes acudían a ese templo. Los precios pueden llegar a ser enormes, como en los casos de censura en los medios de comunicación, que en realidad es la cancelación de una oferta de información fidedigna: las personas que deseen proveer o comprar esa información enfrentan riesgos de penas y castigos corporales.

Entonces el precio es la consecuencia de los niveles de abundancia y disponibilidad del satisfactor en cuestión y de los niveles de necesidad del mismo. Ese precio no depende de la voluntad de nadie en concreto dentro de un sistema de Equilibrio del Poder, pues es resultado de las acciones conjuntas de quienes integran la sociedad y que buscan su satisfacción personal. Bajo el Equilibrio del Poder nadie en concreto es responsable del precio de los satisfactores, que son formados de manera espontánea dentro de un sistema también espontáneo y sin diseño consciente.


La oferta es lo que debe crearse

Bajo las consideraciones anteriores, es fácil deducir que crear demanda es un objetivo absurdo porque ella ya existe, está formada por todas las necesidades de las felicidades personales de todas las personas. En cambio la oferta no existe y ella debe ser creada permitiendo la producción de satisfactores materiales, políticos, formativos, informativos y espirituales.

El verdadero problema del bienestar general es la creación de esos satisfactores de todos tipos, a los precios más bajos posibles, es decir, producir el bien común. Visto de otra forma, las personas existen y, por tanto, también existe su felicidad personal, pues una es parte de la otra; y la mera existencia de la felicidad personal indica que no es razonable incentivarla en sí misma, pues ella es una realidad que no tiene otra salida que la adquisición de satisfactores que no existirán sin esfuerzo.

Es de simple sentido común que lo que debe crearse, porque no existe gratuitamente, es el bien común, es decir, los satisfactores que elevarán la felicidad personal. Existe el deseo de comer, lo que no existe sin esfuerzo es el alimento, que es necesario producir; existe la necesidad de habitar, lo que no existe sin costo en la naturaleza es una casa; existen las enfermedades, pero no sin costo las medicinas ni los médicos. Resultaría absurdo y ridículo dar dinero extra a las personas para que ellas compraran lo que quisieran si no existe nada que comprar, pues lo único que se lograría es elevar el precio de lo que ya está disponible.

Ya que lo que se persigue es la satisfacción de las necesidades personales, se concluye que es la oferta la que debe acomodarse a esa satisfacción. Este es un problema de información para el productor, información acerca del contenido de las felicidades personales de millones de personas. La única manera posible de obtener información acerca de esas felicidades individuales es la medición de su manifestación externa, es decir, de las conductas reales de selección. Esto se traduce en la medición de demandas y precios para los satisfactores materiales.

Sin esta información sería imposible la asignación de recursos realizada por los productores. El productor de cualquier tipo de satisfactor tiene a su disposición datos sobre actos de selecciones de opciones de esos satisfactores, lo que le da una base para sus decisiones. Los precios son los que llevan esa información a los productores de bienes y eso es lo que permite el acomodo de los recursos para la producción de satisfactores.

Existen las necesidades de la felicidad personal, pero no existen los satisfactores; hay que crearlos y producirlos. Existen sin embargo, recursos como tierra, minerales, talento y recursos en general que al ser trabajados y usados crean satisfactores, es decir, bien común. El problema es uno de acomodo de satisfactores a necesidades. ¿Qué se produce, en qué cantidad, a qué precio, para mejor elevar la felicidad personal?

Precios son información

Para tomar esas decisiones se requiere información y esa información está en los precios determinados libremente en el mercado. Esto es lo que permite el mejor uso de los recursos disponibles

Ya que los precios son formados conjuntamente por oferta y demanda en un sistema de libre decisión, la regulación arbitraria de ese proceso espontáneo tiene un efecto negativo en la información disponible. Sin esa información de precios la asignación de recursos a la producción no puede ser eficiente para satisfacer las necesidades de los ciudadanos. Más aún, esa intervención, haría difíciles los cálculos de productividad.

En pocas palabras, la regulación de precios por medios ajenos a los movimientos de oferta y demanda causa distorsiones en el sistema y éstas repercuten negativamente en el bien común y la felicidad personal; se desacomoda la adecuación de los recursos para la satisfacción de las necesidades. La mayor parte de la información con la que cuentan los productores consiste en los precios que establece un mercado libre, una información que no estaría disponible dentro de un sistema en el que los mercados no son libres (Hayek F. A., The Essence of Hayek, C. Nishiyama y K. R. Leube editores, Hoover Institution Press, Stanford University, 1984, p. 56).

La oferta de satisfactores constituye el bien común y éste debe adecuarse a las necesidades que forman las felicidades personales de los ciudadanos. El arreglo social más deseable es, por tanto, aquél que mejor permita adecuar la oferta a la demanda. Y ya que el mejor conocimiento dado a los productores sobre las felicidades personales proviene de los precios libremente establecidos en el mercado, todo intento de regulación artificial de precios debe entenderse principalmente como una acción que impide esa adecuación.

Sin esos precios espontáneamente establecidos sería imposible hacer cálculos sobre la productividad con la que son usados los recursos de cada productor, lo que alteraría negativamente el bienestar personal de los ciudadanos pues los recursos de la sociedad serían mal acomodados a las necesidades de la felicidad personal.

Pocas cosas mejores puede hacer un gobierno que fomentar la libre competencia por la adecuación de la oferta a la demanda y ello se hace dejando libres a los precios que son una manifestación de las felicidades de los ciudadanos. Sí, esto significa dejar libres los precios de los satisfactores de necesidades y entre ésos está el trabajo que ofrecen las personas, sean obreros, trabajadores, profesionistas, ejecutivos, artesanos, albañiles, dibujantes, deportistas, pintores, o técnicos. Regular los precios de estos satisfactores tiene las mismas consecuencias negativas que la regulación de otro tipo de satisfactor.

Una disposición obligatoria que eleve los honorarios de los abogados, por ejemplo, distorsionaría la oferta de sus servicios por hacerla atractiva a un mayor número de personas de las que son necesarias a la sociedad; y habría menos personas preparadas para otros campos que la sociedad prefiere. Lo mismo sucede a causa de los salarios mínimos: el precio alto del trabajo produce una menor demanda de él y, por tanto, provoca desempleo.

Al definir a la felicidad personal como el nivel de satisfacción de un muy complejo sistema de necesidades, deseos y aspiraciones personales, diferente en cada ser humano, se ha encontrado que es inconveniente la planeación gubernamental de la economía y visto que la mejor opción, la única, es la de dejar libres a esas personas para que sean felices a la manera en la que ellas lo piensan y creen.

Lo mismo, al definir el bien común como la existencia de los medios, bienes y servicios que satisfacen esas necesidades, hemos visto que la mejor opción es la de liberar el talento de las personas para que ellas produzcan y ofrezcan a los demás lo que éstos desean, dentro de un ambiente que respeta a la dignidad de la persona. De esta manera, por medio de un mercado voluntario, las personas se hacen dependientes entre sí en un sistema que obtiene provecho para todos de nuestras diferencias y respeta nuestras igualdades. Sabemos también, merced a esa definición de bien común, que la producción de esos satisfactores es la más grande de las prioridades de la sociedad.

La empresa

¿Cómo realizar esa producción? No hay otra manera que la de la empresa. Una empresa es una organización de cualquier tamaño en la que se integran y coordinan recursos y personas de manera que ella produce para otros, satisfactores de todos tipos, materiales, informativos, políticos, formativos, espirituales y de cualquier otra clase.

Sí, bajo este punto de vista una empresa incluye desde la fábrica de aluminio, hasta el templo religioso, pasando por el proveedor de focos, el vendedor callejero de jugos, una estación de radio, la editorial de libros, la escuela primaria, un músico y un centro de investigaciones médicas. Todas estas personas e instituciones son en realidad empresas que ofrecen bienes a otros.

En esencia, por tanto, no es diferente la empresa que fabrica ropa de la empresa que produce noticieros de televisión, de la institución que produce educación para infantes, de la institución que ofrece servicios religiosos. Son organizaciones de trabajo dividido que dependen entre sí, como la panadería depende del fabricante de harina que a su vez depende del agricultor de trigo, quien depende del productor de semillas, que también depende de otros.

Esto es fácil de ver y ha sido señalado hace mucho. La más humilde de las ropas de la persona más pobre indica la cantidad de empresas y, por tanto, de personas, que en esa ropa han intervenido; uno solo de los requisitos de creación de esa ropa indica que necesitó ser cortada en cierta medida por alguien que necesitó las tijeras que alguien más afiló y que otro produjo, por lo que tuvo necesidad de un metal de cierto tipo que fue producido por alguien el que a su vez requirió del trabajo en alguna mina, en la que se necesitaron herramientas que fueron producidas por otros que requirieron de ciertos materiales que trabajaron dentro de una construcción que fue hecha por cierta gente, la que dependió de otra que produjo lo que necesitaban y así en una cadena que no tiene fin (Smith, Adam, The Wealth of Nations, Oxford University Press, K. Sutherland (editor), 1993, pp. 11-25).

En un sentido amplio debemos considerar empresas a las organizaciones que coordinan trabajos y recursos que crean bienes que a otros ofrecen; son las empresas en este sentido amplio las que crean el bien común. ¿Acaso no es una empresa esa planta que fabrica bicicletas y también lo es ese despacho de contadores que nos da servicios contables y fiscales? ¿No es también una especie de empresa la universidad en la que podemos estudiar y la parroquia en la que asistimos a los servicios religiosos todas las semanas?

Las dependencias gubernamentales son también empresas en este sentido amplio: organizaciones de trabajo que dan servicios para la satisfacción de necesidades, principalmente la de la protección de nuestros derechos. Con los medios de comunicación sucede lo mismo, aunque ellos satisfacen otras necesidades.

Existen empresas con naturalezas muy especiales, las que al principio pueden ser arduas de concebir como tales. Los casos de los centros de investigación científica, de las labores de los filósofos y de las fundaciones caritativas son instancias de este tipo. El doctor que estudia la cura de alguna enfermedad se encuentra satisfaciendo una necesidad personal quizá, al mismo tiempo que los resultados de sus investigaciones tendrán consecuencias en la producción de satisfactores, medicinas y tratamientos, que satisfarán necesidades de los miembros de la comunidad.

Es lo mismo que la escritura de un libro sobre algún esotérico tema filosófico; esa obra satisfará inquietudes de su autor y enriquecerá al resto de sus colegas. Todas son empresas en el sentido de ser producto y consecuencia de iniciativas humanas que persiguen la creación de algo, sea una silla, o una novela.

Si se acepta esa definición de empresa en su sentido más amplio, veremos que ella puede trabajar merced a los intercambios voluntarios de bienes y servicios. El fabricante de velas ofrece su producto a las iglesias que las requieren, el productor de computadoras vende sus productos a las agencias de publicidad que las necesitan. Son los tantas veces mencionados intercambios de una economía voluntaria y, por ello, en todo esto existe principalmente un ambiente de colaboración organizada que hace posible la estabilidad que necesita quien produce cualquier cosa.

La confianza es la base de la colaboración

La producción de ningún bien puede hacerse donde existe desconfianza en los demás, ni intranquilidad en las reglas del juego, que es la responsabilidad de la autoridad. Lo que afecte de forma negativa al bien común, es decir, a la producción de esos bienes, afectará igualmente a la felicidad de los ciudadanos. En última instancia el mayor bien que puede hacerse para que seamos felices en esta tierra es lograr ese ambiente de estabilidad y tranquilidad, dentro de un marco de reglas conocidas y justas.

Este es el fundamento y la base que se necesita para la existencia de las empresas, pues ellas no dan resultados inmediatos. Esta imposibilidad de resultados inmediatos es lo que vuelve a la estabilidad un requisito esencial de la sociedad. Yo no voy a emprender mejoras en mi casa sin no tengo la certeza razonable que ella no me será confiscada ni robada (Maquiavelo, Nicolás, De Principatibus, edición bilingüe, notas, traducción y estudio introductorio de Elisur Arteaga Nava y Laura Trigueros Gaisman, Trillas, 1999, XXI De cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado, pp. 293-300).

Tampoco voy a dedicar varios años de esfuerzo a una preparación académica si no tengo una confianza razonable de emplear esos conocimientos en el futuro. No sería una conducta racional el adquirir una máquina impresora de elevado precio si los trabajos que con ella se harán estuvieran sujetos a los caprichos imprevisibles del gobierno, o a los abusos de un clima de inseguridad. ¿Quién dedicará inversiones a una planta cuya construcción requiere de varios años si no se tiene una razonable expectativa de estabilidad? ¿Qué obrero o empleado hará aportaciones voluntarias a su fondo de retiro si no está de cierta manera seguro que el gobierno no le confiscará ese dinero, o que no existen leyes que hagan respetar contratos entre particulares?

Esta estabilidad y confianza razonable en el futuro es el bien que produce el gobierno con su buen desempeño sustentado en el Equilibrio del Poder. Sin esa confianza no es posible crear el bien común y, sin bien común, no hay felicidad personal.

Unión de recursos

Para producir algo, las personas se unen en empresas y necesitan varios recursos. Necesitan, por ejemplo, de un cierto lugar, tal vez un despacho en un edificio o de un terreno; de varias computadoras, escritorios, teléfonos, luz electricidad y demás. Pero también se necesitan personas, pues las cosas de por sí nada producen.

Desde luego, es el que quiere hacer funcionar una empresa el que debe tratar de intercambiar con quienes pueden darle el trabajo que él necesita. La cosa no podría ser al contrario, los que buscan los servicios personales de otro tienen que intercambiar, pues de otra manera tendría que existir la esclavitud y obligar a las personas trabajar. Esa aportación humana es de muy variados tipos, pues se necesitan personas para operar las máquinas, para empacar el producto, para repartirlo, para llevar los registros contables, para hacer la publicidad, para planear la producción, para controlar la calidad, para realizar contratos, para administrar nóminas y todo lo que la empresa requiera.

Es decir, la empresa en el sentido más amplio, sea una fundación caritativa, una fábrica de vasos, un banco, o un templo, requiere recursos para producir. Esos recursos pueden ser físicos o materiales, como teléfonos, altares, sustancias químicas, mostradores y demás; cientos de materiales y recursos que son producidos por otros. Pero también necesita recursos humanos, personas que ofrecen servicios ellas mismas, como cajeros, operadores de máquinas, sacerdotes, administradores, y muchas personas más con funciones diferentes. Para la adquisición de estos recursos, materiales y humanos, la empresa realiza intercambios.

Mientras que nadie está en desacuerdo con los intercambios para obtener elementos materiales, graves discusiones se dan cuando la empresa se allega aportaciones humanas. Las ideas de explotación y tesis de evolución social han sido asignadas a las empresas cuando éstas buscan recursos humanos. El panorama generalmente contemplado es el de los dueños de los medios de producción contratando obreros a cambio de un sueldo que a toda costa debe ser lo más bajo posible.

Es una costumbre adquirida, por alguna razón, el contemplar la aportación humana a la empresa en términos de la fuerza obrera. Esta aportación humana a la empresa se refiere a los trabajadores que usan las máquinas de producción. Esa costumbre provoca el olvido de otras aportaciones humanas adicionales a la de los obreros y tan necesarias como la de ellos.

Pensar en la contribución humana a la empresa y decir que ella equivale a la contribución exclusiva de los obreros y trabajadores es un serio error que lleva a consecuencias graves. Existen otras funciones que requieren labores especializadas, como contabilidad, asuntos legales, mercadeo y otras de variable complejidad, como sistemas, comunicaciones, publicidad, planeación. Sin esas labores la empresa no funcionaría bien y ellas son desarrolladas por personas que han tenido preparación y experiencia. De modo que, al menos hasta ahora, hemos reconocido que existen varios tipos de aportaciones humanas a la empresa y que ellas requieren personas de diversos tipos y niveles de preparación o estudio.

Esas personas intercambian su trabajo a cambio de un ingreso, y dan servicios de muy diversa naturaleza. Administran los inventarios y las compras, operan las máquinas, limpian las instalaciones, manejan los fondos financieros, llevan la contabilidad, reparan las máquinas, visitan clientes, vigilan las instalaciones y mil labores más. No son únicamente obreros operando unas máquinas; los obreros solos poco o nada podrían hacer sin la intervención de otro tipo de aportación humana, al igual que el responsable de la publicidad nada podría realizar sin quienes fabrican el producto.

Pero hay un tipo de aportación que por su característica intangible es con frecuencia olvidado y consiste en labores de concepción: la generación de ideas, métodos, técnicas y procesos que hacen posible la existencia de una empresa (Mises, Ludwig von, Planning for freedom, Libertarian Press, 1980, p. 120).

Empresa, antes una idea

Una empresa no es una colección de instalaciones, obreros, personal de oficina y ejecutivos. Una empresa es la implantación de una idea creada por una o varias personas, la idea de un satisfactor de ciertas características producido bajo ciertas condiciones. Es eso que ha sido dado en llamar el emprendedor, a quien se atribuyen las funciones de la creación de la idea del bien a producir, su diseño, realización, pruebas y trabajo destinado a esas labores.

Son casos como los de un mejor freno de aire, de un procesador electrónico más rápido, de una televisión más barata, de procesos de conservación de comida, de uso de turbinas, de vacunas, de sistemas más efectivos de comunicación y de satélites. Son esos casos como los de los desarrollos de ferrocarriles, aviones, investigaciones agrícolas, vidrios irrompibles, refrescos dietéticos, nuevos fertilizantes, buscadores en la www y anestésicos.

Las personas que tienen ideas como ésas, constituyen la aportación humana de concepción. Esta aportación tiene expresiones en satisfactores totalmente nuevos, en procesos mejores de producción y en organización de las tareas de la empresa. Sin esta aportación las empresas no contribuirían al bien común. Sin una idea de poco valen las máquinas y la mano de obra. Una empresa productora de aires acondicionados no podría existir de no haber alguien inventado ese artículo, por muchas instalaciones, obreros y oficinistas que estuvieran disponibles. Los servicios médicos serían inexistentes sin las aportaciones de personas que estudian, investigan e inventan en ese campo.

No se puede abrir una empresa de un producto que no ha sido concebido e inventado. Sin la concepción de una idea y su traslado a la realidad no hay empresas posibles, lo que es otro argumento para negar la visión miope que hace equivaler una empresa a los obreros.

La concepción de la idea de la empresa es una labor netamente humana, que puede ir desde la idea de un restaurante de comida rápida y barata hasta la idea de una librería electrónica en la www; o bien abrir una tienda de alimentos en una parte en la que no hay esas facilidades. Es la labor que nace de la iniciativa de las personas que piensan que su idea tendrá éxito porque será aceptada por los consumidores potenciales, es decir, tendrá un impacto positivo en la felicidad personal.

Todo gracias a los intercambios, pues esa nueva idea de una empresa, la que sea, está necesariamente fundamentada en la aceptación por parte del resto, lo que por definición eleva la felicidad personal del ellos.

Esto es muy sencillo de ver en las empresas económicas que venden bienes y servicios como alimentos enlatados o viajes en avión. Ellas tienen motivos de lucro, es decir, persiguen utilidades, de lo que se hablará más tarde. Pero es más complicado de entender en otro tipo de empresas, como una universidad o incluso una religión y un gobierno; estos últimos casos son empresas en el sentido de ser trabajos coordinados que ofrecen un bien, como una preparación académica, o la posibilidad de difundir las obras de algún autor en el caso de una fundación. Lo mismo, una iglesia es una organización que requiere de bienes materiales y de recursos humanos, que son coordinados para ofrecer un bien a quien lo desee; y también un gobierno, que es un conjunto de recursos materiales y humanos, organizados de tal manera que dan servicios a la sociedad. Todas ellas tienen su origen en una o más ideas que alguien tuvo.

Siempre hay riesgos

También debe añadirse una aportación humana más a la empresa y que es más clara en las empresas económicas. Adicionalmente a la mano de obra obrera, a las tareas administrativas y a las labores de concepción, existe una aportación de riesgo. La aportación de riesgo la realiza otro de los elementos humanos que intervienen en ella y es hecha por quienes ponen en juego parte de su patrimonio.

Esta aportación humana a la empresa es la propiedad de ella: una o más personas, sin garantía, aceptan realizar aportaciones sin las que las empresas no podrían existir. La función de esas personas es soportar la carga del riesgo que es inherente en la producción de cualquier artículo (Conway David, A Farewell to Marx: an outline and appraisal of his theories, Penguin Books, 1987, p. 107). Son los inversionistas, los socios, los dueños, que dan recursos monetarios a la empresa para que ella pueda trabajar.

Las empresas son la combinación de elementos y facilidades físicas y materiales, además de humanas, y las contribuciones humanas son de muy diversos tipos. ¿Qué pueden producir unas máquinas sin alguien que las haga funcionar dentro de un sistema organizado que alguien ideó y que otros han financiado?

La empresa, por tanto, es un complejo sistema de aportaciones humanas que se hacen posible gracias a los intercambios de una economía voluntaria. Hay intercambios para obtener facilidades materiales, edificios, máquinas, procesos y todo lo demás. También hay intercambios para obtener trabajos y especialidades. Con la colaboración de todos, coordinadamente, se produce eso que se piensa que los demás necesitan.

La aportación de riesgo suele ser vista con recelo por algunos, pues es ella la contribución a la empresa de quienes conocemos legalmente como dueños. Es desafortunada la limitada visión que ha dejado como herencia una mentalidad que no permite ver al capital como una aportación necesaria a la empresa, pues contempla al capitalista como el enemigo que debe ser destruido. Es un contagio de un error de entendimiento que ha dejado huellas, aún en personas y autores alejados de tendencias de escuelas que se basan en proponer sistemas con poderes desequilibrados.

La aportación de riesgo es otra de las aportaciones humanas a la empresa, pero una que tiene la característica especial de no tener una certeza sobre el resultado de su intercambio. Mientras que quienes aportan recursos materiales, mano de obra, labores administrativas y, en algunos casos, tareas de concepción tienen intercambios prácticamente sin riesgo, el capital sí lo tiene. El comprador de una máquina crea una deuda en la empresa, una deuda que debe ser pagada con los recursos de ésta bajo las condiciones estipuladas y sin que los resultados de ella alteren las posibilidades de pago.

Sucede lo mismo con los trabajadores y empleados, que reciben sus pagos con independencia de los resultados de la empresa. Los pagos de las aportaciones de concepción pueden ser de muy variados tipos, unos sujetos a resultados y otros no, por ejemplo, el de regalías por uso de patentes, cuando el propietario de la patente puede estar seguro de sus pagos periódicos de acuerdo al contrato logrado. Pero esta característica de seguridad en el resultado del intercambio no lo posee la aportación de riesgo en sus tratos con quien adquiere el satisfactor final producido.

Hay que ver a la empresa como una combinación de aportaciones humanas, de diversos tipos y clases, pero todas provenientes de personas. Tan es humana la aportación de mano de obra, como la de capital, la de concepción y la de administración. No es, por tanto, legítimo ni real, hacer una comparación de valor entre una máquina y un obrero, entre los trabajadores y el capital. El capital puede estar expresado en esos bienes materiales y en dinero, pero su naturaleza es humana, fueron hombres y mujeres los que hicieron posible la disponibilidad de esos recursos.

Cuando contemplamos el trabajo de una línea de producción en la que varios obreros laboran, es tentadora la sentencia que pone al ser humano que trabaja por encima de las máquinas que él mueve. Desde luego, el obrero, por ser una persona, no puede ser equiparable a la máquina, como tampoco puede ser equiparable a otros objetos materiales. Ese obrero es superior en dignidad a la mesa de su casa en la que come, a la cama en donde duerme y al horno que opera en su trabajo.

No se trata de hacer comparaciones entre objetos y seres humanos, sino entre esos humanos y objetos que representan a otros humanos igualmente dignos.

La casa propiedad del obrero es respetable porque es una extensión del obrero, lo mismo que las máquinas son respetables, no en sí mismas, sino en cuanto a que son una aportación de otro ser humano. La lógica que busca comparar al obrero contra los medios de producción sacando la conclusión de que los obreros son moralmente superiores constituye un razonamiento erróneo y que lleva a conclusiones terribles. Desde luego, los obreros son superiores a todos los objetos materiales. Al igual son superiores el contador a su computadora, el ejecutivo a su oficina, el técnico a su laboratorio, el accionista a sus propiedades, el inventor a su patente.

Lo que el inversionista busca es algo incierto, el beneficio de intercambios sobre los que no hay seguridad de realización. Quien aporta capital a una empresa busca al final terminar mejor de lo que antes estaba, pues de lo contrario no realizaría su aportación. No es esto diferente a lo que hace quien va y adquiere un libro que le va a hacer algo más feliz con su lectura y al librero algo más feliz también con ese dinero que obtuvo. Lo que sucede es que el inversionista compromete su patrimonio en algo que es incierto, que no sabe si se traducirá en intercambios voluntarios.

La utilidad es un costo

Además, no pensemos que eso que llamamos utilidades de la empresa es algo que existe físicamente y que está en la caja fuerte de la empresa, a la que acude el accionista a retirar lo que a él le place. Las utilidades son algo más complejo, una especie de combinación de, por un lado, la recompensa al inversionista en dinero por su inversión y, por otro, los fondos necesarios que la empresa requiere para mantenerse, como una especie de ahorros o reservas que se usan para enfrentar el futuro y actualizarse (Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de Editores del Catecismo, 1992, p. 531, no. 2432).

De esto, sacamos en conclusión que los impuestos, por ejemplo, deben ser vistos como un costo de operación de la empresa, igual en esencia a los pagos por compras de materia prima. Vemos a la utilidad como un remanente que puede ser concebido como un costo necesario de pagar y que es destinado a los intercambios imprevistos de satisfactores, a la investigación y al desarrollo, a la reposición de maquinaria, al lanzamiento de nuevos productos, a la ampliación de capital de trabajo y demás, incluyendo, desde luego, el pago a la aportación de riesgo.

La utilidad es un costo de la empresa que ella debe cubrir para satisfacer el pago a la aportación de riesgo, prevenir eventualidades, mantenerse en operación y mejorar. Siendo un costo, la utilidad es necesaria para la empresa, sin ella no puede operar. Sin utilidades, puede concluirse, no es factible el bien común. La utilidad, además, es un incentivo para la aportación de riesgo dependiente de la preferencia de selección por parte de los consumidores: el pago dado a esta aportación dependerá de la contribución que ésta haga a la felicidad personal de los ciudadanos.

Eso que llamamos capital, por tanto, es otra de las aportaciones humanas a la empresa y por eso, al bien común. Merece respeto y trato igual que el resto de las aportaciones humanas a la creación de satisfactores. Es de hecho positivo que exista capital y que él crezca y se reproduzca, pues de él vienen grandes beneficios al bien común.

Ha sido gracias al capital y al ingenio humano que hemos podido hacer cambios enormes en la productividad de los hombres, porque a lo único que podemos hacer responsable de eso es precisamente a la disponibilidad de capitales. Ha sido dicho que si tuviésemos una política económica propicia al ahorro y a la acumulación de capital, la pobreza del mundo habría desaparecido (Mises, Ludwig von, Planning for freedom, Libertarian Press, 1980, p. 190).

Y es esto lo que provoca una gran decepción, pues con la visión negativa que se nos ha contagiado acerca del capital matamos el secreto del bienestar general. Sí, necesitamos capital, necesitamos acumular capital, mucho capital, que es él la condición necesaria para hacer que quienes trabajan con bajas productividades lo hagan con productividades altas y así eleven su ingresos personales y sus felicidades. Quien se burla y aniquila al capital, en realidad, mata y sacrifica al obrero y lo condena a una vida de miseria e infelicidad.

En fin, todo esto puede resumirse diciendo que la empresa, en su totalidad, es un producto de la colaboración de humanos que de manera organizada y pacífica se unen para producir y ofrecer algo que ayudará a los demás a elevar su felicidad personal.

No hay que sucumbir a esa idea de que algunas de esas aportaciones son más dignas que otras, o que merecen tratos diferenciales. Las empresas necesitan de todas esas aportaciones de los hombres y mujeres, de ideas, de ingenio, de trabajo, de esfuerzo y de recursos para poder llegar al bien común. No es el capital inferior al trabajo del ejecutivo, ni del obrero, ni del inventor, que es lo que muchos piensan, pues comparan a una persona con una máquina o con dinero, cuando detrás de esa máquina y de ese dinero hay también personas igualmente dignas y participativas.

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«La personalidad sale a chorros por la escritura» La familia prefiere la gestión de un profesional

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  • 1. como ganar dinero  |  marzo 8, 2015 a las 5:14 pm

    como ganar dinero

    Empresa: Colaboración Humana | Psicologia Organizacional

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