¿Qué hay que hacer para que vuelvan los jóvenes investigadores que trabajan fuera?

febrero 27, 2008 at 6:35 pm Deja un comentario

IVÁN PÉREZ

VALENCIA.- Esta pregunta se la podría hacer cualquier ciudadano de a pie, teniendo en cuenta que el trabajo vocacional de estas personas resulta de vital importancia para avanzar en el conocimiento de nuestra conducta y nuestros hábitos, el descubrimiento de fármacos y terapias para combatir las enfermedades que escapan al control de la ciencia y la medicina, y el entendimiento de la historia y la realidad social de las que formamos parte.

La investigación, aunque en apariencia se nos muestra como una infinita sucesión de fórmulas, cálculos y experimentos con animales que interesa a unos pocos, es en la forma y en el fondo la herramienta más efectiva para alimentar el conocimiento y mejorar la calidad de vida de los humanos.

El compromiso social con la investigación es importante, pero quien realmente tiene la responsabilidad de considerar, fomentar y cuidar el trabajo de este colectivo es el Gobierno de turno. Mejor aún, la comunidad política al completo debería adquirir conciencia de la tarea que desempeñan los investigadores, teniendo en cuenta que la ciencia en España necesita del consenso de todos los partidos y la voluntad del que ocupe el poder en cada momento para desarrollar un sistema estable por etapas y no el habitual, expuesto a la frugalidad de los resultados electorales.

El Gobierno del talante tampoco ha sido capaz de evitar la fuga de los talentos nacionales que cruzaron las fronteras de la piel de toro para ganarse el futuro y seguir su carrera. Entre porcentajes del PIB y vaticinios de los buenos síntomas que presenta la ciencia en España, el Ejecutivo presidido por ZP ha presentado la imagen de un país que es un referente atractivo para investigadores extranjeros de prestigio internacional. Desde el prisma socialista, hemos pasado de exportadores a receptores en materia de investigación por arte de magia.

Como muestra de este traje con el que el Gobierno disfraza la situación real de la ciencia en España, un botón cosido por el ministro de Ciencia y Consumo, Bernat Soria, quien hace unos días presentaba a bombo y platillo al austriaco Erwin Wagner como fichaje estrella en el campo de la investigación biomédica.

El acto mediático del ministro, en el Día Mundial contra el Cáncer, se enmarca en el amplio escaparate de inauguraciones de grandes centros de investigación y tecnología, tan cercanos en el espacio y tan alejados en el espíritu de los recursos humanos de los que dispone el país, verdadero eje central de la capacidad de desarrollo de un Estado.

Recuperamos la cuestión inicial para ponerla en boca de su emisor: “¿Qué hay que hacer para que vuelvan los jóvenes investigadores?”, preguntaba el ministro Soria. Quizá él tenga la respuesta, como investigador que es, pero no obstante, intentaremos ayudarle en la búsqueda de la misma adentrándonos en el día a día de estos jóvenes investigadores, por si el ministro hubiera pretendido abusar de la retórica.

Promesas y realidades

Al inicio de la legislatura, el Gobierno anunció que el gasto público en I+D+i -una simple fórmula que muchos no saben descifrar- aumentaría un 25% cada año, pero no ha sido capaz de mantener este aumento por encima del 14%. En los presupuestos para este año, el incremento previsible es del 17,4%, lo que representaría cerca de un 1,5% del PIB, una cifra alejada del 2% de países como Japón y Estados Unidos.

Pero por encima de cifras, la realidad viene marcada por quienes se dedican a la investigación como medio de vida. Emilio Castro, un joven físico gallego que en la actualidad se halla en la Universidad de Burdeos con una beca postdoctoral del Ministerio de Educación y Ciencia, estuvo cuatro meses trabajando por amor al arte hasta que consiguió firmar su primer contrato -algo parecido a un acuerdo laboral- y cobrar 500 euros mensuales. En opinión de Emilio, “la ciencia en España deja mucho que desear, especialmente en recursos humanos”.

En efecto, los recursos humanos no son precisamente el eje central de la política científica en este país. El sistema actual considera que el período de formación no es productivo, y por eso mantiene en vigencia la colección de becas, estatales y autonómicas, que perpetúan la precariedad laboral del colectivo. La valenciana Beatriz Jiménez, doctora en Química, personifica esta desconsideración.

Beatriz cuenta con un envidiable currículum académico y ha participado en congresos nacionales e internacionales, con una amplia experiencia investigadora tras su estancia en Italia y Reino Unido. Pero no es suficiente para firmar un contrato digno en un grupo de investigación dentro del territorio nacional.

Consciente de que tendrá que volver a partir rumbo al extranjero, Beatriz apura su beca predoctoral en el Centro de Investigación Príncipe Felipe de Valencia lamentando la “politización de la ciencia”. Esta licenciada en Química por la Universitat de València es consciente de que si no se hubiera dedicado a la ciencia podría tener un contrato indefinido, y considera que “no se quedan los mejores, sino los que más aguantan”.

Por más que contribuyan en congresos y publiquen en revistas científicas de impacto internacional, y a pesar de que un 80% de la producción científica nacional tenga como base a los jóvenes investigadores, el premio, en el mejor de los casos, es la concesión de una beca con un período de cotización a la Seguridad Social.

Las alternativas para los intrépidos investigadores que se resisten a abandonar su carrera son enganchar unas ayudas con otras sin derecho a cotizar o sobrevivir a largos períodos sin remuneración económica y desprotegidos de cualquier tipo de legislación laboral.

En este último supuesto se vio el investigador valenciano Paco Rausell, quien a sus 28 años mantiene la incertidumbre de “buscar y buscar” una salida laboral medianamente estable en el terreno de la ciencia básica. Al terminar la carrera de Biología, Rausell estuvo un año trabajando sin cobrar hasta que consiguió una beca. Fue sólo uno de los numerosos “parones” a los que se ven obligados los investigadores tras cerrar cada ciclo en una carrera investigadora caracterizada por la “discontinuidad”.

He aquí uno de los grandes problemas del actual sistema: la ausencia de diseño de la carrera investigadora. No existe una previsión de las necesidades en I+D, y los incentivos a la investigación se ofrecen sin tener en cuenta las plazas que se ofertarán en la siguiente etapa. Joaquín Morís, investigador asturiano que actualmente trabaja en la Facultad de Psicología de Málaga, enfatiza la dificultad de dar el salto hasta la beca postdoctoral y denuncia que hay “pocas plazas” y que “los plazos son muy lentos”.

Morís no entiende el frenazo de la burocracia y explica que “puedes tardar diez meses en incorporarte a un laboratorio extranjero aún teniendo la documentación, por falta de dinero al no disponer formalmente de tu beca”. No le falta razón a Joaquín, ya que los 8.000 puestos ofertados en las fases iniciales de la carrera investigadora pueden quedarse en poco más de 300 plazas reales en el siguiente escalón formativo.

El resultado de estos desajustes y de la incoherencia del actual sistema es que se producen muchos abandonos y se pierde el dinero público invertido en formación y desarrollo profesional de los investigadores. Al final, resulta que España está formando a los investigadores del Reino Unido, Francia y Alemania, incluso a algunos que parten hacia Estados Unidos. Un destino, este último, temido por la filóloga ovetense Begoña Camblor, quien no se imagina investigando las vivencias de las personalidades más destacadas del exilio republicano en territorio yanqui.

Estos países ofrecen una carrera investigadora atractiva, con un diseño profesional, coherente y digno que posibilita la conciliación de la vida profesional y personal. El problema es que en estos destinos no está el pasado ni el presente -y en muchos casos tampoco el futuro- de las personas que aspiran a trabajar de manera estable por el avance de un país que no puede permitirse el lujo de prescindir de sus investigadores.

Propuestas de la Federación de Jóvenes Investigadores a la clase política

Desde un punto de vista constructivo, el colectivo de los jóvenes investigadores se ha manifestado siempre de forma pacífica ante la precariedad del sector, explicando sus propuestas a los distintos grupos políticos cuando éstos se han mostrado receptivos. Estas propuestas tienen dos puntos claves: la reforma legal del marco de la Investigación en España, con una nueva Ley de la Ciencia fruto del consenso que escape a los caprichos del Gobierno de turno; y el diseño racional de la carrera investigadora en sucesivas etapas, acabando con los huecos entre fases y los largos períodos sin remuneración.

En la mayoría de los casos, las becas y programas autonómicos mejoran las condiciones estatales, pero la inconexión de un sistema que sí debiera estar globalizado, a diferencia de otros campos, impide la continuidad de los trabajos e imposibilita un futuro estable. El Gobierno valenciano, sin ir más lejos, espera llegar a los 18 millones de euros anuales con su Programa Prometeo, después de haber financiado 4.000 proyectos de investigación en los últimos cuatro años. Pese a ello, algo falla cuando los investigadores valencianos siguen saliendo al extranjero en busca de oportunidades.

Si no hemos conseguido responder a la pregunta del ministro Soria, ahí va una moraleja aportada por el vicepresidente de la Federación de Jóvenes Investigadores, José Díe, para ayudar al Gobierno en su cruzada por la I+D+i: Se debe invertir más, pero se debe gastar mejor.

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