¿Nace el "homo mobilis", un nuevo género humano?

enero 18, 2009 at 2:48 am Deja un comentario

ARGENTINA

La gran revolución en las comunicaciones, especialmente con el surgimiento de Internet y los teléfonos celulares, modificó de manera sustancial la cultura.

El siguiente texto que se difunde es parte de una serie publicada en “The Economist” y recopilada en la publicación Aportes Nº 8, “La Tecno Ciudadanía. Fortalezas y debilidades de un cambio de paradigma”, del Instituto Nacional de Tecnología Industrial. La publicación Aportes Nº 8 puede leerse en www.inti.gob.ar/pdf/aportes8.pdf

En el modo de pensar dominante de la cultura nómada el lenguaje ya no tiene importancia. Estamos ingresando a la era del vale todo lingüístico.

El lenguaje evoluciona y el pensamiento va a la par Sherry Turkle, psicóloga del Massachusetts Institute of Technology (MIT) que estudia el nexo entre la gente y los aparatos, cree que las herramientas de la movilidad apuntan al surgimiento de un nuevo tipo de persona. En el ya lejano pasado dominado por las conexiones fijas, las personas pensaban “Siento algo, por lo tanto, voy a hacer un llamado”. Hoy los jóvenes, entre ellos la hija adolescente de Turkle, piensan diferente: “Quiero sentir algo, así que haré un llamado”.

La especialista interpreta que hay algo inorgánico, poco original y carente de autenticidad dentro del conjunto de comunicaciones móviles y que, como especie, estamos corriendo el riesgo de permitir que los sistemas sociales inalámbricos que nos rodean roben parte de nuestra naturaleza.

En realidad, las herramientas siempre jugaron un rol importante en la definición de la naturaleza humana. El Homo habilis (hombre hábil) es el primer representante de nuestro género que sobrevivió hasta hace 1.600 millones de años y que usaba herramientas primitivas hechas de piedra y hueso. El Homo erectus (hombre erguido) debe el nombre a su estatura, pero su innovación histórica consistió en dominar el fuego para beneficio propio. Independientemente de que el Homo sapiens (hombre inteligente) haga honor al nombre, ha conseguido hasta hoy sorprendentes avances tanto en hardware (por ejemplo con la rueda) como en software (con el lenguaje).

Es poco serio que, protegidos en sus torres de marfil, los investigadores discutan ahora la llegada del Homo mobilis. Nuevamente, parece que el mayor cambio corresponde al lenguaje y, por sus connotaciones, al pensamiento y al sentimiento. A cualquiera que haya estado en contacto con jóvenes en algún rincón del mundo, le queda claro que está en marcha un monumental cambio lingüístico. Subculturas completas se identifican hoy, primaria o exclusivamente, a través del argot elegido para mensajes instantáneos o de texto.

Naomi Baron, profesora de lingüística de la American University de Washington, DC, y autora de “Siempre conectados: El lenguaje en un mundo en línea y móvil”, observa que la actitud de la sociedad con respecto al lenguaje ha cambiado. Durante 250 años, las sociedades occidentales pensaron que la gramática, la sintaxis y la ortografía eran importantes y, por lo tanto, había que prestar atención a las reglas. Hoy, ese consenso está en riesgo.

En términos lingüísticos, es evidente que vale todo en el universo de los medios electrónicos, especialmente cuando se escribe en las pantallitas de los dispositivos móviles. Los apóstrofos que antes servían para diferenciar significados entre “its” e “it’s” resultan extraños y arbitrarios. Para formar palabras y oraciones completas los adolescentes disponen hoy de las facilidades del llenado automático y del control ortográfico.

En Estados Unidos, la respuesta académica y políticamente correcta es dar la bienvenida con los brazos abiertos a esta tendencia. Después de todo, el lenguaje sólo está retornando a un natural y saludable estado de cambio. Cuando Geoffrey Chaucer escribía en el siglo XIV no había reglas ortográficas, pero se las ingenió para componer obras interesantes. Si seguimos esa línea, el mundo digital y móvil de la actualidad está repleto de exponentes Chaucer.

Baron no está de acuerdo con esta postura; piensa que la ortografía está en franco retroceso, no por una rica diversidad de dialectos, como en los tiempos de Chaucer, sino porque en el modo de pensar dominante de la cultura nómada el lenguaje no tiene importancia. Según ella, estamos ingresando a la era del vale todo lingüístico. Afirma que si bien la gente escribe hoy mayor cantidad de textos como nunca antes lo había hecho, cuanto más escribimos en línea peores escritores somos. En las épocas de las plumas y las lapiceras, y hasta cuando usábamos máquinas de escribir manuales, era difícil escribir mucho, cada uno se tomaba el trabajo de clarificar las ideas. Los nómadas actuales están convencidos de que no tienen tiempo para pensar y tomarse ese trabajo, por consiguiente, únicamente se concentran en la velocidad.

Todo esto tiene consecuencias porque el lenguaje es vehículo primario del pensamiento. Baron detecta un nuevo y amplio sopor intelectual en sus estudiantes. Los jóvenes estadounidenses solían simplificar la preparación de exámenes sobre Hamlet recurriendo a las “CliffsNotes” (resúmenes de obras clásicas para el uso de escolares), odiadas por los profesores aunque, en realidad, eran maravillas pedagógicas en comparación con el método actual de usar el navegador Google para introducir una frase determinada, recurrir a la función “buscar” y obtener el fragmento exacto. Baron afirma que, hoy por hoy, los estudiantes piensan fragmentadamente, incoherentemente, y de la misma forma escriben las monografías. Al haber internalizado el todo vale, se lanzan a redactar, vacilan y se equivocan, sin tener la más mínima idea de lo que realmente quieren decir.

Esta crítica encaja sorprendentemente bien en lo que otros sociólogos y psicólogos comienzan a observar en el desenvolvimiento interpersonal de algunos nómadas. Los adultos mayores usan los teléfonos celulares para microcoordinar con sus parejas durante el día, a fin de hacer sus diligencias con mayor eficiencia y tal vez con el objetivo de que les quede más tiempo para estar con ellas. En cambio, muchos jóvenes que nunca conocieron las agendas de papel o el mundo sin conexión, microcoordinan para evitar comprometerse en fijar algún momento, lugar o persona con quien encontrarse. Después de todo, tal vez se les presente una oportunidad mejor.

Los nómadas jóvenes no sólo escriben sin pensar o salen de sus casas a la mañana sin plan alguno sino que entablan relaciones sin comprometerse. Es así que gran parte de las interacciones personales, especialmente aquellas que involucran temas ásperos como peleas y separaciones, ahora han quedado relegadas a un tratamiento virtual, no presencial. En los últimos años se ha dado una tendencia preocupante, los adolescentes terminan con sus parejas enviándoles un mensaje de texto o, peor aún, cambiando su propia presentación en el Facebook (sitio web en el que los usuarios pueden participar de una o más redes sociales), de “comprometido” a “sin compromiso”. Es algo efectivo e instantáneo pero potencialmente traumático.

¡Evolucionemos! Es probable que gran parte de esta postura pesimista esté sobredimensionada. El Homo sapiens siempre creó maldiciones tecnológicas a lo largo de la historia, y se las arregló para enfrentar todos los desafíos que se le presentaban en el camino. Hasta hace unas décadas, la televisión, medio reinante del momento, era motivo de seria preocupación; se consideraba que estaba creando una generación de adictos a ella, carentes de imaginación, por no decir inútiles intelectuales. Esa descripción es diametralmente opuesta a la que hoy caracteriza a la juventud, en la era de Internet y el nomadismo. Si bien en el mejor de los casos nuestros jóvenes sólo leen fragmentos de La Ilíada y de las obras de Shakespeare, Manuel Castells, de la University of Southern California, señala que ellos están creando una cultura artística más radiante e imaginativa que cualquier otra. La cultura del “mashup” (aplicación o sitio web híbrido que usa contenido de otras aplicaciones web para crear un nuevo contenido completo), aunque la denominación no hace justicia al concepto. Hoy los “genios creativos” hacen mucho más que unir fragmentos, forjan nuevas combinaciones, casi como las sinapsis de las neuronas, para crear nuevas ideas.

La tecnología irrumpe en las sociedades y tiene efectos inesperados, como cuando una lanza erró al mamut y terminó clavada en un miembro de la tribu. Cada tecnología conlleva excesos y desviaciones. A su debido tiempo, cada desviación dio lugar a una reacción y al consabido ajuste. Básicamente, cabe esperar que el Homo sapiens, que supo inventar el botón “on”, descubra también el botón “off”.

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